Elman Trevizo, poeta para las infancias en México

Elman Trevizo y el lenguaje desobediente: una voz imprescindible en la poesía infantil mexicana

Hablar de poesía para las infancias en México implica, todavía hoy, enfrentarse a una serie de malentendidos: que debe ser simple, que debe enseñar algo, que su función principal es acompañar la educación formal. Frente a esa tradición —no siempre afortunada—, la obra de Elman Trevizo irrumpe como una propuesta que no busca domesticar el lenguaje, sino liberarlo.

Trevizo no escribe para explicar el mundo a los niños. Escribe, más bien, para desacomodarlo.

La poesía como territorio de juego

Si algo distingue la propuesta de Trevizo es su confianza radical en el lenguaje como materia viva. En lugar de utilizar la palabra como un vehículo transparente —ese ideal pedagógico donde el lenguaje “sirve” para transmitir mensajes claros—, su poesía la convierte en un espacio de exploración.

Libros como Diario Garabato y Mi papá es la calle y el mar dan cuenta de esa apuesta: ahí el lenguaje no obedece, se desplaza, se quiebra, se divierte. No busca enseñar, sino provocar; no pretende ordenar el mundo, sino abrirlo.

En este sentido, su trabajo dialoga con una tradición que en México ha sido sostenida por autores como María Baranda o Martha Riva Palacio Obón, quienes han apostado por una escritura exigente, donde la infancia no es sinónimo de simplificación. Sin embargo, Trevizo introduce un elemento particular: una inclinación hacia lo lúdico que roza lo irreverente, una especie de desobediencia del lenguaje que se acerca al nonsense y a la jitanjáfora.

No es casual que su obra pueda ponerse en relación con los juegos verbales que exploró Guillermo Samperio, ni con la tradición oral donde el sentido muchas veces importa menos que el ritmo, la sonoridad o el puro placer de decir.

Contra la literatura que enseña

Uno de los aportes más importantes de Trevizo a la poesía infantil mexicana es su rechazo —explícito o implícito— a la literatura didáctica. En un campo donde abundan los textos que buscan transmitir valores, enseñar lecciones o reforzar contenidos escolares, su escritura se coloca en otro lugar: el de la experiencia estética.

Esto no significa que su poesía carezca de profundidad. Al contrario. Lo que hace es desplazar el centro: no se trata de lo que el poema “dice”, sino de lo que el poema “hace” con el lector.

En este punto, su propuesta se acerca a la de autores como Adolfo Córdova, quien también ha insistido en la importancia de formar lectores críticos y sensibles, más que receptores pasivos de mensajes.

El riesgo como postura estética

Hay, además, un elemento que vuelve particularmente relevante la obra de Trevizo: el riesgo. Su poesía no busca complacer, ni adaptarse a expectativas editoriales o pedagógicas. En lugar de eso, apuesta por lo extraño, por la imagen inesperada, por la ruptura.

En un panorama donde la literatura infantil suele ser cuidadosamente regulada —por el mercado, por la escuela, por la idea de “lo adecuado”—, esta apuesta no es menor. Implica reconocer a la infancia como un espacio de complejidad, de inteligencia, de apertura.

Y en ese sentido, su obra no solo dialoga con otros autores contemporáneos, sino que se inscribe en una discusión más amplia sobre qué entendemos por literatura para niños.

Una voz necesaria

Decir que Elman Trevizo es una voz importante en la poesía infantil mexicana no es un gesto de cortesía, sino una constatación crítica. Su trabajo contribuye a ampliar los límites del campo, a cuestionar sus inercias, a proponer otras formas de relación entre lenguaje e infancia.

En tiempos donde todo parece exigir claridad, utilidad y rapidez, su poesía apuesta por lo contrario: la pausa, el juego, la incertidumbre.

Y quizá ahí radique su mayor importancia.

No en lo que enseña, sino en lo que abre.

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